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Jueves, 3 de julio de 2014

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Efecto placebo: el poder terapéutico de la mente

Provoca cambios en el cerebro que reducen el dolor, disminuyen los temblores del párkison o alivian la depresión


Una sustancia que, “careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que posee realmente tal acción”, es, por definición, un placebo. La palabra viene del latín "placere", que significa agradar. En el siglo XVIII los médicos recurrían a prescribir píldoras sin acción curativa cuando no disponían de ningún medicamento adecuado, algo que ocurría con relativa frecuencia. Su intención no era engañar al paciente, sino intentar fomentar en él un proceso curativo natural. Un proceso que se basa precisamente en las expectativas o "fe" del paciente, la piedra angular de este efecto aparentemente “mágico” que una simple píldora incluso de azúcar puede suscitar. Son precisamente esas expectativas las que logran producir cambios en el cerebro capaces de frenar el dolor, levantar el ánimo de las personas deprimidas o mejorar los síntomas en la enfermedad de Parkinson.
En los últimos años las técnicas de neuroimagen han mostrado que la mejoría que induce el placebo es real y no una mera percepción subjetiva. Y es que las expectativas del paciente son capaces de “mitigar el dolor a través de la liberación de endorfinas, que son analgésicos naturales producidos por el organismo. Mejoran también la función motora de los pacientes con párkinson mediante la liberación de dopamina, que es precisamente la sustancia que falta en esta patología y la que se suministra para tratarla”, como explicaba a ABC Raúl Ramos de la Fuente Fernández, que fue el primero en demostrar, junto con John Stoessl, que el placebo tiene un efecto evidente en los pacientes con Parkinson, una observación que publicaron en 2001 en la revista “Science”.
En realidad, la “fe” del paciente en la mejoría que promete un tratamiento prescrito, aunque en realidad no lo reciba y en su lugar se le administra un falso fármaco, es la que moviliza todas esas sustancias que forman parte de la química cerebral. “Se trata de un efecto general en la medicina que afecta a muchas patologías, entre ellas la esclerosis múltiple o la epilepsia. En la enfermedad de Parkinson el efecto placebo puede llegar al 50-60%”, explica José Obeso, neurólogo de la clínica Universitaria de Navarra. Como media se considera que este poder terapéutico de la mente es de un 30% en esta patología, aunque el efecto aumenta “con las expectativas del paciente y la credibilidad del médico”, explica Obeso.
Podría pensarse que es un efecto ventajoso, sin embargo, se vuelve en contra en los ensayos clínicos. El motivo es que enmascara los efectos reales del fármaco que se ensaya, que para obtener su validación ha de demostrar que es más eficaz que una píldora de iguales características pero que no contiene el principio activo. En realidad no contiene nada capaz de curar, pero “ocluye efectos reales del principio activo, ya que eleva tanto la referencia del grupo control, que el efecto del medicamento que se ensaya tiene que ser tremendo para que sea significativo frente al placebo. Y esto genera un problema serio en varios de los estudios recientes hechos contra placebo”, aclara Obeso.
En realidad, los fármacos no compiten con nada más que con las expectativas del paciente. Y eso que a los participantes se les informa de que pueden recibir un placebo en algún momento del ensayo. Pero ni el experimentador ni los participantes saben quién toma el fármaco y quién el placebo. Esta es la base de los ensayos “doble ciego”, que garantizan la fiabilidad del ensayo clínico.
El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.
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