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Viernes, 13 de septiembre de 2019

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Ángela en Burkina Faso, patria de mujeres y hombres íntegros

“Morir de hambre a día de hoy es morir de una injusticia social en la que, queramos o no, todas y todos jugamos un rol”



Desde Uagadugú, Ángela Sevillano García, coordinadora de nuestros proyectos en el país, comparte su análisis sobre la crisis humanitaria que atraviesa el país, que ha supuesto el desplazamiento interno de cientos de miles de seres humanos, y sobre el problema de salud pública que representa la desnutrición, causa subyacente del 35% de la mortalidad infantil, según las estimaciones existentes.
 
“Morir de hambre a día de hoy es morir de
una injusticia social en la que, queramos o no,
todas y todos jugamos un rol”
 
Desde mi ventana, prestando atención, se pueden escuchar a distintos pájaros trinando a pesar de estar en una bulliciosa capital africana, Uagadugú, llamada comúnmente Ouaga. Probablemente sea porque la oficina de la misión, como la de muchas otras ONG internacionales presentes en el país, se encuentra en un barrio bastante tranquilo, “zone du bois” (zona del bosque), aunque no demasiado alejado del centro. Su nombre se debe a su cercanía a la mayor superficie arbolada de la ciudad.
Sin embargo, también en el barrio donde vivo, Wemtenga, a pesar de ser más ajetreado, puedo escuchar de vez en cuando cantos similares desde mi cuarto, aunque en general queden enmascarados por el sonido del ventilador (imposible no tenerlo a tope en esta época del año, es abril y las temperaturas superan los 40 grados por el día y no bajan de 30 por la noche), la periódica llamada a la oración de las mezquitas (alrededor del 60% de la población es musulmana), el intercambio de saludos entre vecinas en mooré (lengua mayoritaria de las más de sesenta que se hablan en Burkina), el paso de alguna moto por la calle sin asfaltar o el zumbido ocasional del generador, un verdadero lujo para paliar los frecuentes cortes de electricidad.
Las vistas, no obstante, ya sea desde la ventana del despacho o desde mi habitación, no son prometedoras. La imagen se repite en ambos casos: primero una tela mosquitera, detrás una reja y a continuación un muro impregnado del omnipresente polvo rojizo proveniente del Sáhara que se cuela por todas partes. Quizá esa falta de perspectiva visual agudiza otros sentidos como el oído, de la misma manera que una limitación puede ser una oportunidad para desarrollar otras habilidades, todo depende de dónde se ponga el foco. A veces nos centramos demasiado en los muros, las barreras, las dificultades, y nos perdemos otras señales que también conforman una realidad a menudo tristemente simplificada.
Aterricé en Burkina Faso a principios de febrero y aún trato de entender, si es que se puede llegar a entender totalmente algo así, el entresijo de causas multifactoriales, acontecimientos e intereses que en cuestión de meses (aunque con raíces sin duda más lejanas en el tiempo) han llevado al país a una crisis humanitaria sin precedentes.
Hace décadas que ocupa los primeros puestos en las listas de países más empobrecidos del mundo, que no pobres, pues a menudo son precisamente sus riquezas naturales las que lejos de beneficiar a la población les expone a todo tipo de conflictos por su explotación, que suele acabar en manos extranjeras. Burkina no es una excepción. Además de albergar en su territorio minerales como manganeso, fosfatos, bauxita, cobre, níquel, plomo, o zinc, es el quinto productor de oro del continente africano.
Los yacimientos auríferos y el algodón (también llamado oro blanco), cuya plantación se incentiva para la exportación, han ido ganando terreno al cultivo de cereales; pero el oro, sea del color que sea, no se come. Por si fuera poco, en 2018 se reveló la posible existencia de fuentes de uranio y petróleo (oro negro, el que faltaba) en la región Sahel, al norte del país, la misma que se ve afectada ahora por una escalada de violencia. ¿Mera coincidencia o un pretexto para que, como en tantos otros lugares, fuerzas externas “salvadoras” tengan que intervenir y de paso hacerse con el control de la zona y sus tesoros ocultos?


Quien menos tiene, más comparte
Sin duda el contexto es mucho más complejo que eso y no pretendo ni puedo analizar todas sus variables en estas líneas, pero el caso es que el incremento de violencia interétnica y ataques vinculados a grupos armados en los últimos meses, han provocado el desplazamiento de cerca de 140.000 personas.
Estremece imaginar lo que deben sentir al dejar atrás por miedo su hogar, su pueblo, sus pertenencias, sus cultivos u otros medios de vida, su día a día, en una huida hacia la incertidumbre total. Pero sobrecoge aún más si cabe la generosidad con la que otras familias burkinesas, sin tener apenas nada, acogen a más del 90% de estas personas sin que exista ni siquiera una relación previa en la mayoría de los casos. Toda una lección para quienes, con muchos más recursos, regatean hospitalidad incluso teniendo a menudo mucho que ver con las situaciones que provocan esa demanda. Y es que se suele cumplir, paradójicamente, que quien menos tiene más comparte y quien más tiene más quiere.
La inseguridad afecta profundamente el funcionamiento y el acceso a unos servicios básicos ya de por sí exiguos. Muchas escuelas y centros de salud han cerrado o han reducido sus servicios. En un país donde la desnutrición es un problema de salud pública desde hace años (se calcula que es la causa subyacente del 35% de la mortalidad infantil), con especial incidencia en la región Sahel, la degradación de seguridad incrementa el riesgo de agravar la ya preocupante situación nutricional de la población.
Médicos del Mundo, que desarrolla proyectos de fortalecimiento del sistema sanitario en Burkina desde el año 2002, lucha contra la crisis nutricional crónica, apoyando la atención médico-nutricional de niñas y niños menores de 5 años con desnutrición aguda severa y con complicaciones, especialmente durante su hospitalización en los centros de recuperación y educación nutricional. Visitar uno de estos centros es ponerle caras al hambre, y morir de hambre a día de hoy es morir de una injusticia social en la que, queramos o no, todas y todos jugamos un rol.
Por desgracia, esa presencia en el terreno es cada vez más difícil (prácticamente imposible para las personas no nacionales) por los riesgos asociados a la inseguridad, que complican la labor humanitaria al tiempo que la hacen incluso más necesaria. Por eso una parte del equipo nos dedicamos a acompañar desde Ouaga asegurando funciones de coordinación interna y con otras organizaciones. También la logística, administración, incidencia ante las instituciones presentes en la capital, etc.
Pero una treintena de compañeras y compañeros burkineses permanecen fieles e inquebrantables en las duras condiciones del Sahel, donde siguen luchando cada día para hacer valer el derecho a la salud de la población más vulnerable. Son quienes realmente protagonizan la misión de Médicos del Mundo en Burkina Faso y hacen honor al significado del nombre que el líder revolucionario Thomas Sankara adoptase para el país como símbolo de una transformación radical: “patria de mujeres y hombres íntegros”.
El Seis Doble | Médicos del Mundo



 
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