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Martes, 26 de marzo de 2013

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Navidad con mortadela - Relato literario de Eva Borondo

“…Javi no encontraba el sentido a esa horrible fiesta que tenían que celebrar. Sus padres nunca habían creído en Dios. Era una fiesta religiosa y obligada”


Era una porquería de plan el de Nochebuena, pero Javi no tenía otro. Su madre se iba a Madrid y le tocó pasar la cena de Navidad en casa de su padre.
Se vistió como un señor mayor, con chaqueta y corbata, como le dijo su madre antes de que saliera a toda prisa para coger el tren de las cinco de la tarde.
Eran las nueve de la noche y Javi tenía ya hambre, pero no quiso comer nada para esperar la cena de Nochebuena.
Puso la tele y se miró al espejo varias veces. Javi es un chico presumido. La corbata colgaba de su cuello pecoso. No sabía hacer el nudo y esperaría a su padre para que se lo hiciera.
A las nueve y media cerró la puerta de su casa y bajó la cuesta de su calle para esperar a su padre a la hora acordada.
Desde el divorcio Miguel era incapaz de aparcar frente a la casa de su exmujer para recoger a su hijo.
Javi no le preguntó y nunca pensó si era por la vergüenza de encontrarse con los vecinos, más bien había algo que le hacía suponer que su padre no quería ver a su madre. Y, aunque Miguel sabía que ella no estaría esa noche, dejó de nuevo a su hijo esperando abajo, junto al taller cerrado.
Cinco minutos después llegó el padre, nervioso, como siempre que se acercaba a la casa.
Miguel bajó del coche y quiso ser amable.
-No has esperado mucho, ¿verdad? –y le dio una palmadita en el cogote.
Es algo que hacen los padres, pensó Javi. Esa palmadita en el cogote es el tipo de instinto primario de los animales, que normalmente hacen con los dientes, para mostrar dominio sobre su progenie. Seguro que le salió del hipotálamo.
Montaron en el coche en silencio y, dos minutos antes de salir, Miguel le preguntó por los estudios. Único tema de conversación.
-Bien -dijo Javi- Ayer hicimos…
Pero Miguel ya no le escuchó. Cerró la puerta del coche y abrió la de su casa.
Amparo, la mujer de Miguel, lo recibió con dos besos.
-¡Qué guapo vienes!
Javi intentó disimular la vergüenza que le daba su chaqueta. Una manga más larga que otra. El sastre viejo y miope que había escogido su madre.
El padre se metió en la cocina una media hora con su nueva esposa.
Javi se sentó arrugado en el sillón del salón y estuvo viendo, sin prestar atención, los programas de fiesta.
Javi no encontraba el sentido a esa horrible fiesta que tenían que celebrar. Sus padres nunca habían creído en Dios. Era una fiesta religiosa y obligada.
Cuando era más niño le gustaba construir belenes con musgo que cogía de la calle y figuritas que le regalaron sus abuelos, pero, a sus quince años, no sentía ningún interés por construir un Nacimiento.
Tenía hambre y su padre seguía encerrado en la cocina con Amparo.
Enseguida un grito y un llanto. Salió Miguel y le dijo a Javi que lo tenía que volver a llevar a casa de su madre porque Amparo estaba indispuesta.
Javi no lo tomó a mal, lo veía como una consecuencia lógica del divorcio de sus padres. Su familia estaba rota ¿verdad? No es que pudiera exigir mucho más.
Así que volvieron en coche hasta la calle de la casa de su madre. Javi volvió a subir la cuesta con un andar vago.
Abrió la puerta, se quitó la chaqueta y miró el frigorífico. Se hizo un bocadillo de mortadela y se sentó para ver la tele.
Nadie estuvo allí para ver que Javi no derramó ni una sola lágrima en toda la noche, ni tampoco después.
Eva Borondo
El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.
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