Mundo salvaje - Relato literario de Eva Borondo

Lunes, 7 de octubre de 2013 | e6d.es
• “En su despacho, por fin sola, observando la vastedad urbana desde su ventana se vio como una niña en un mundo de bestias”

Aviso: cualquier parecido con la realidad es netamente increíble.
Almudena tenía cara de conejo. La primera vez que hablaba con alguien utilizaba su voz aguda y modulada con altibajos que la desafinaban, estrategia pura de animal indefenso, para sacar sus uñas de gata panza arriba y desgarrar en el momento más inesperado.
Los periodistas la adoraban, sonreía siempre y decía en voz baja alguna estupidez mediana que no llegaba a alertar ningún titular, pero que era suficiente para darles la impresión de ser suave y encantadora.

Su gabinete estaba formado todo por hombres que la conocían y la temían, requisito imprescindible para pertenecer a él. Así ella podía moverse libremente por todos sitios coreada por la salvaguarda de sus compañeros.
Su liderazgo no era asumido igual por todos los miembros del partido, sintió inseguridad felina y ordenó el seguimiento de varios altos cargos que no confiaban incondicionalmente en todas sus decisiones políticas.
Almudena se estaba preparando para ser una Hilary que derrotara a Obama, pero no tenía el apoyo de la mayoría de su partido para convertirse en la candidata adecuada, a pesar de tener más dotes y carisma que su contrincante masculino.
Sergio Garantía, jefe de escoltas de Almudena, contrató a un grupo de hombres para su Seguridad, pero estos tenían la orden de espiar los movimientos de sus enemigos políticos: patrimonio, viajes, idas y vueltas, mujeres, amantes y secretos con la intención de poderles salpicar en el barro en el que estuvieran metidos. Desgraciadamente, sus investigadores no encontraban negocios turbios y sus dossieres se habían convertido en un asunto muy conocido y peligroso.
El día en que un periódico descubrió la trama oculta de Almudena se aseguró de que todas las cámaras la enfocaran y le hizo la pregunta directamente. Ella no tardó en responder, subió las cejas en actitud lastimera y contestó a las acusaciones con una voz firme, que no dejaba un resquicio de duda. Todo eran invenciones de los periodistas y los iba a llevar a los juzgados por tantas mentiras.
En su despacho, por fin sola, observando la vastedad urbana desde su ventana se vio como una niña en un mundo de bestias. Ella solo quería caminar como gata tranquila y dominar el paisaje desde los muros de una tapia alta, inalcanzable y segura.