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Jueves, 21 de enero de 2016

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Más de 8.000 mujeres en la India son asesinadas al año por violencia machista

Sunita, Anjinamna y Gangaratna lograron dejar atrás la violencia con la ayuda de la Fundación Vicente Ferrer


Según la Oficina Nacional de Registro del Crimen, solo en 2014 se registraron en la India 337.922 crímenes contra las mujeres, un 9% más que en el año pasado. Para una de cada tres mujeres, casarse y mudarse a la casa del esposo representa pasar a ser objeto de maltratos físicos y psicológicos infligidos por su propio marido y la familia política. La Encuesta Nacional de Salud Familiar describe que los actos de abuso emocional tienen como objetivo el desgaste de la autoestima y autoconcepto de la mujer. Esto incluye humillación pública, abusos, acusaciones falsas, aislamiento de la familia y los amigos o amenazas para conseguir más dote, una  tradición india, prohibida legalmente pero arraigada culturalmente, que causa más de 8.000 asesinatos al año.
La violencia contra la mujer es consecuencia de la discriminación que sufre, tanto a nivel legal como en la práctica, y la persistencia de desigualdades por razón de género. Sunita, Anjinamna y Gangaratna son tres mujeres víctimas de violencia. Gracias a su fuerza y al apoyo del equipo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), han conseguido salir de esta situación y corregirla.
 
Sunita
Sunita vive en el área de Guntakal, en un pueblo que se llama Dosaluriki. “Me casé en 2007, cuando solo tenía 16 años. Pocos meses después de la boda, mi marido empezó a beber y a reclamarme insistentemente que les pidiera a mis padres más dinero”. El marido nunca le daba dinero para comprar comida y cuando la tuvieron que operar, sus padres se endeudaron para poder pagar las facturas médicas. “Un día, cuando ya tenía mi hija mayor, me dijo que si no le traía más dinero, me prostituiría. Me enfadé y me enfrenté a él. Entonces, él me ató y me hizo cortes en el brazo con una navaja. Y me pegó con un palo hasta dejarme inconsciente”, relata. Su familia la auspició en muchas ocasiones, pero “yo sentía que era mi deber volver a él e intentar que el matrimonio funcionara”, admite.
Tras el nacimiento de su segunda hija la situación en casa se agravó. “Un día volvió a casa y dijo que iba a venderla. Me peleé con él. Cogió tres litros de queroseno y nos roció a mí y a nuestras hijas. Gritamos fuerte, ¡teníamos tanto miedo! Por suerte los vecinos nos oyeron e intervinieron”. Sus vecinos llamaron a los padres de Sunita y se fue con ellos. “No supe nada más de mi marido hasta que un día vino a pedirme el divorcio”. Lo acabó aceptando porque no podía estar más con él. Ahora Sunita trabaja como cuidadora en el centro de discapacidad intelectual que la FVF tiene en Kanekal. “Conseguí que mi hija mayor entrara en un internado para poder estudiar y mi hija pequeña se queda en el pueblo. He sufrido mucho, pero me siento orgullosa de ganarme la vida por mí misma y poder dar estudios a mis hijas”, concluye.
 
Anjinamna
Anjinamna, por su parte, tiene 19 años y estudió hasta octavo curso. “El año pasado me casé, sin saber que mi esposo sufría una enfermedad psiquiátrica. Nunca se me acercaba y me rehuía siempre. Un día volvió borracho a casa, me ató las manos y piernas con un sari y me tapó la boca para que no pudiera gritar. Me acusó de engañarlo, decía que los otros hombres me miraban”, explica. Otro día, Anjinama le pidió  comida, y él le tiró el arroz en la cabeza. Pidió ayuda a su padre y le dijo que no podía volver a casa, no quería que los vecinos hablaran de él. “Su honor era más importante que mi integridad física”, admite. Desesperada, Anjinama se bebió un pintauñas. La llevaron al hospital y estuvo dos meses recuperándose en casa.
La FVF conocía su situación gracias a los equipos locales de lucha contra la desigualdad de género y una trabajadora medió entre ella y su marido. “Decidí volver con mi esposo, pero pronto empezaron otra vez los maltratos. Me dijo que si no me iba, acabaría matándome. Intenté suicidarme otra vez, pero mi cuñado me vio y me llevó a casa”, cuenta Anjinama. Poco después, una trabajadora de la FVF le explicó que había unos cursos de formación profesional para mujeres en su situación. “En la actualidad, trabajo en los talleres de Gandlapenta de la Fundación donde aprendo a coser y a bordar. Antes era una carga y ahora ayudo en la economía familiar con el dinero que gano. Me divorcié de mi marido, no sé nada de él desde hace siete meses”, explica.
 
Gangaratna
Gangaratna es la mayor de las tres mujeres. Es de Kotacheru, en Anantapur. No tiene familia. “Creo que tengo unos 42 años. Los primeros años de matrimonio estuvieron bien, pero cuando yo estaba embarazada de mi hija, él empezó a beber y a pegarme. Me obligaba a llevarme a mi hija a trabajar al campo y tenía que dejarla en una cuna a pleno sol”, recuerda. Gangaratna pertenece a un sangham y hace un tiempo le dieron un crédito de 5.000 rupias que guardaba con llave en el armario. “Mi marido me pegó hasta que se lo di, se fue y lo gastó en dos días. Al volver, nos echó de casa, quemó toda mi ropa con queroseno y rompió mis utensilios a palos. Yo lo veía todo desde fuera. Mis cuñados, que vivían cerca, vinieron a buscarme y me llevaron a su casa. Después él vino a la casa de su hermano e intentó matarme tirándome una piedra grande encima”, relata.
Fueron los  vecinos los que llamaron a la FVF y explicaron lo que había pasado. “Me propusieron ir a la casa de acogida que la FVF tiene en Bathalapalli pero a mí me preocupaba no poder devolver el dinero del crédito. Así que la trabajadora llamó a la lideresa del sangham y todas las mujeres dijeron que debía olvidarme del dinero y salvar mi vida”. En la casa de acogida Gargaratna estaba segura y su hija también podía ir a la escuela.
Con el tiempo el marido empezó a buscarla y, en un momento de desesperación, él se envenenó. Dijo que no quería vivir sin su mujer y su hija. “Al final yo accedí a verlo y la Fundación medió entre los dos. Hablaron con mi marido por separado y le dijeron que si volvía a pegarme, lo denunciarían. Volví a casa y desde entonces las cosas van bien”, admite. Ahora él ya no bebe y los dos trabajan en el campo. “Con lo que ganamos podemos enviar a mi hija a la escuela. Gracias al apoyo de la Fundación tengo una vida mejor”, explica.

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