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Domingo, 26 de marzo de 2017

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Ida y vuelta | Relato literario de Óscar Ahulló

"Y de la profundidad de un silencio caótico surgieron gemidos de dolor y súplicas desesperadas. Los árboles, heridos, también sangraban"



Habían pasado veinticuatro horas desde la exposición del plan a los dos mandos de escuadra que actuarían conjuntamente en aquella misión. Restaban un par de horas para su comienzo cuando el soldado Wingrove, junto al resto de sus compañeros, se equipaba su subfusil y subía en el camión que les llevaría al punto de inicio. Bajaron cuando la frondosidad del bosque imposibilitó por completo su avance. El capitán, de apariencia habitualmente impecable con su uniforme, se había puesto en sintonía con sus hombres dejando las insignias en la tienda y vistiendo el mono de trabajo. Dio las instrucciones definitivas y recalcó la orden dada durante el trayecto de asaltar el cuartel objetivo con refuerzos, nunca en solitario. Así era como estaba concebido el plan y así debía ejecutarse.
Tras un “entendido” general, los militares se adentraron en el bosque con pasos rápidos y sigilosos. Camuflados entre los verdes, grises y marrones del boscaje, avanzaron esquivando la corpulencia de los árboles con la destreza y el orden de una manada de lobos y hacían volar la hojarasca a su paso al descender las empinadas laderas. Al poco tiempo, divisó el objetivo: un edificio de piedra perdido en la inmensidad del bosque que el rival había acondicionado como centro de operaciones estratégicas en ese área. Su captura sería clave en el desarrollo del conflicto.
Entonces dio comienzo el caos. Acomodados sobre rocas o escondidos tras los árboles, los combatientes no dudaron en abrir fuego cuando vieron la oportunidad. A la orden, como al trueno que abre una tormenta, le siguieron todos los disparos, y de la calma tensa previa se desencadenó un fragor descontrolado. El subfusil retumbaba, ensordecedor, a cada tiro, pero a los oídos de Wingrove no dejaban de llegar los silbidos de balas cercanas y los chasquidos de madera cuando estas rozaban el carnoso tallo que le protegía. En una de sus intervenciones, al abandonar su escondite, vislumbró una metralleta giratoria surgiendo por la ventana del cuartel. Aterrorizado, volvió a resguardarse al escuchar el inicio de una lluvia de descargas que convirtió sus MP18 en juguetes baratos. Durante casi un minuto sólo se escuchó un estruendo horroroso paseándose de árbol en árbol, de cuerpo en cuerpo. Yescas de madera salían despedidas tras el crujido de los troncos y los gritos de sus compañeros se hicieron eco entre el estrépito.
Al fin cesó el monstruo, humeante, en su empeño asesino. Y de la profundidad de un silencio caótico surgieron gemidos de dolor y súplicas desesperadas. Los árboles, heridos, también sangraban.
Cayeron muchos.
Próximo a nuestro soldado yacía su mejor camarada. Se acercó hasta él sin ser visto. La misma calle les había visto crecer juntos y compartir tardes de infancia y adolescencia antes de que sus caminos de paz divergieran para más tarde reencontrar su amistad en la guerra. Medio oculto por la farfolla, su amigo respiraba con la placidez del no tener nada que perder y le miraba con esa expresión rebelde tan suya, intacta. Luego sonrió y le hizo un gesto de OK con el dedo. Wingrove le devolvió la sonrisa. Será un renacuajo, pero es duro de pelar, pensó. Había sufrido solamente un impacto en la pierna, pero el proyectil era gigantesco y la herida, causada cerca de la ingle, dejaba escapar sangre a borbotones. Le juró vengarle al oído antes de asir el arma que su amigo le ofreció y bajó la pendiente decidido. Sólo y con el arma a la altura de su pecho y el seguro retirado, se abalanzó hacia el cuartel. No había vuelta atrás. Con un disparo certero acabó con un enemigo que, a toda prisa, cargaba de nuevo la ametralladora. Sin detenerse, entró en el edificio. Pero había alguien más esperando su llegada. Fue cuando un profundo ramalazo sacudió su hombro izquierdo, sorprendiéndole al atravesar la puerta. La bala le atravesó el mono y la carne. Paralizado por el dolor frente al contrario, observó cómo aquel volvía a levantar el brazo para encañonarle. Entonces solo se oyó un chasquido. Wingrove abrió los ojos, suspiró, apuntó entre ceja y ceja, y apretó el gatillo.
Sesenta metros más arriba, recostado en un madero y con la mirada perdida entre una maraña de hojas rojas, el camarada sonrió al reconocer el rugido de su MP18.
Pocos meses después, Wingrove abrazaba a una mujer desconsolada que siempre había sido una madre para él. Las emociones lanzadas al aire en plena calle alertaron a la mujer de la casa de al lado, que con un brillo estelar en sus ojos reconoció a su hijo, quien volvía solo.
Óscar Ahulló
 



El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.
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