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Miércoles, 25 de julio de 2018

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El juglar y la cruzada por Zaragoza

Alfonso 'el batallador' sorprendió a aquel trovador con su corte móvil y sus mesas redondas y lo imprimió en sus 'leyendas'


El joven juglar había conseguido que le permitiesen entrar en la basílica. Los preparativos del gran acontecimiento llenaban aquel lugar sagrado de personas atareadas. Por segunda vez el Papa visitaba aquella ciudad. Touluse era un hervidero aquellos días previos.
La primera vez que este hecho había ocurrido fue en 1096. En esa ocasión el templo en su totalidad, no se había terminado de construir. Para impresionar a Urbano II se había mandado construir una enorme altar que rivalizase en belleza y tamaño con el que pontífice poseía en Roma.
El autor de aquella maravilla dejó su nombre grabado en la enorme losa. Un grupo de peregrinos estaba de rodillas alrededor de aquella obra de arte  ” BERNARDVS GELDVINVS ME FEC” - Bernard Gilduin me ha hecho. Bajo ella descansaban los restos de Sant Sernin, a los que estaba consagrado el templo. El juglar también se arrodilló, pero no por devoción, sino para admirar la pericia y gracia de los relieves que decoraban esa mesa. La gente del lugar le tenía veneración al santo y al altar.
Al día siguiente estaba previsto que, sobre este mismo lugar, se convocase una cruzada. A la llamada del Papa, habían acudido una multitud de cristianos venidos de lejanas tierras. El objetivo de esta guerra santa, se había ganado la fama de maldito e inexpugnable. En 1091 el Rey Sancho Ramirez  de Aragón, al mando de un ejército, había sucumbido a los pies de esas murallas, e las  que se decía estaban malditas. Unos años antes que él, lo había intentado Alfonso VI de León .
La preparación de aquella ceremonia era muy detallada. Algunos decían que era un sortilegio para invocar la protección del altísimo. El cantero había tallado pequeños lóbulos en la losa para que en ellos se pudiesen colocar los trozos de pan que serían consagrados. Alrededor de ella, se colocarían la más alta nobleza y el clero. En uno de los laterales se dejó por parte del cantero un espacio con la finalidad de poder depositar allí la copa con la que consagrar el vino. Aquel modo de celebrar la eucaristía, con un grupo de elegidos alrededor del altar era típico de aquellas tierras occitanas. Recreaban la cena del Señor.
Al día siguiente la multitud abarrotaba el edificio. La puesta en escena no podía ser más excepcional. Desde uno  de los laterales nuestro Juglar pudo apreciar la ceremonia. Alrededor del altar estaba el obispo de Navarra, Gastón de Baern, el conde de Touluse y el obispo de Roda de Isábena, que después sería canonizado como San Ramón, entre otros. Todos lucían sus mejores armaduras y se les haba permitido, de manera excepcional, que entrasen al recinto sagrado portando sus espadas. El único que no iba armado era, el nuevo pontífice, Gelasio II .
Faltaba entre ellos Alfonso, el rey bajo cuyo mando se pretendía reconquistar aquel bastión. En representación suya, el obispo de Jaca había traído la que se decía era la copa con la que Jesús  celebró la última cena. Los reyes pirenaicos  habían custodiado aquella reliquia desde hacía cientos de años. Tras recibir la comunión, todos alzaron sus armas y las pusieron sobre aquella mesa. Mientras tanto Gelasio II, cogía el hisopo de oro y comenzaba a bendecir el afilado acero, con agua traída desde el río Jordán.
La cruzada para tomar Zaragoza se daba así por comenzada. Acabada la consagración de las armas, los reunidos en torno a ese altar, las tomaron en su mano y las elevaron al unísono. Todos en aquel espacio sagrado comenzamos a corear el grito de los cruzado. ¡DEUX LO VULT!¡DEUX LO VULT!. Las voces resonaron por aquella catedral en construcción, haciendo temblar los precarios andamiajes de madera.
Las huestes cristianas, se unieron a las del monarca Aragonés. Entre los carromatos que seguían de cerca la expedición, viajaba un juglar que se había unido en Touluse a esta comitiva. Tras cruzar los pirineos se juntaron con las tropas del batallador en Ayerbe. Para su asombro una vez unidos los dos ejércitos se celebró una reunión de los nobles, en el mismo lugar donde estaban acampadas las huestes aragonesas. La corte errante de aquel rey tan guerrero, cargaba con una enorme tabla redonda a la que se le añadieron unos caballetes.
Este monarca había tomado aquella  costumbre, de las hermandades de caballería que habían nacido en tierra Santa. Todos al mismo nivel , un "pirmus inter pares", algo extraño para los usos de la realeza.
Los siervos fueron colocando las sillas plegables en  el lugar que correspondía, alrededor de aquella tabla. El más lujoso de aquellos asientos era el destinado al Batallador, pero muy a la zaga no estaban el resto en maestría y belleza. Aquellos taburetes en forma de tijera, completaban todo lo necesario para la reunión. A la mañana siguiente no quedaba nada del asentamiento. La corte entera parecía haber desaparecido. El trovador fue creando aquel mundo de caballeros y tablas redondas, que ha perdurado hasta nuestros días.

Sergio Solsona
 
* Sergio Solsona es colaborador de El Seis Doble. Su espacio, aquí.
* Sergio Solsona es autor del blog "Maestrazgo templario".

 




El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.
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