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Jueves, 17 de enero de 2013

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Benedicto XIII, el Papa Luna

Un personaje de los que yo denominaría ‘perdedores de la historia’


Siento predilección por ciertos personajes históricos; todos ellos con la misma característica común. Se trata de hombres y mujeres que han tocado la gloria con las manos y, de la misma forma, han sido víctimas del más oscuro ostracismo, odio y rechazo por aquellos que antes los ensalzaron. Yo los denominaría ‘perdedores de la historia’. Podría citar, por ejemplo, al gran Aníbal, uno de los más grandes estrategas de la historia pero que en sus últimos años tuvo que huir de su tierra traicionado por aquellos por los que tanto había luchado. Quizá ese romanticismo que les envuelve, ese halo misterioso que les impregna es el que hace que mi admiración sea máxima hacia ellos. En la actualidad, olvidados por la gran mayoría, solamente salen a relucir por un casual aparente para recordar lo que fueron.
Hoy hablaré de uno de ellos, Pedro Martínez de Luna. Es posible que el nombre no diga nada, pero si digo el Papa Luna, quizá, a algunos les sonará. Uno de los principales protagonistas del Cisma de Occidente, posiblemente la época más delicada de la historia de la Iglesia Católica. Una biografía apasionante de un hombre convencido de su misión.
Hace años que lo ‘conocí’ y me apasionó su vida, su existencia, todo lo que lo envolvía. Probablemente es el personaje que más me ha cautivado.
De ilustre y noble familia, Pedro de Luna fue el segundo hijo de Juan Martínez II de Luna y María Pérez de Gotor. Nació en el castillo familiar de su madre en Illueca (Zaragoza), hacia 1328. Recuerdo que la primera vez que visité el castillo, hace más de diez años, estaba en reformas, pero aún así pude visitarlo. Me contó la guía que el aspecto que tenía el castillo era muy posterior a lo que el futuro Papa conoció, ya que la última planta y la cubierta corresponden a ampliaciones del siglo XVI y XVII por sus descendientes. La última vez que estuve, hará tres años, lo habían convertido en una hospedería. Desde la cuna pertenecía a uno de los linajes más rancios de la nobleza aragonesa. Antepasados suyos asistieron a la toma de Calahorra al lado de Ramiro I primer Rey de Aragón y a la Batalla de las Navas de Tolosa cuando las tropas cristianas de toda la Península consiguieron derrotar definitivamente a los musulmanes; hombres de su estirpe habían muerto en el Sitio de Fraga al servicio de Alfonso el Batallador y en los campos de Muret defendiendo inútilmente la vida de Pedro II; varones de su casta fueron testigos y protagonistas de las revueltas contra Ramiro II y contra Jaime I. En los últimos trescientos años, al menos un Luna se hallaba presente en cada acontecimiento de la Historia del Reino.
De acuerdo con la costumbre y la tradición de la época, el segundón de los Luna y Pérez de Gotor hubo de encaminar su vida hacia los estudios y la carrera eclesiástica: con nueve años recibió la tonsura. El patrimonio familiar le permitió realizar estudios en la afamada universidad de Montpellier, donde con veinte años se doctoró en Leyes y después en Decretos. En esta universidad fue profesor durante varios cursos alcanzando en ello notable fama. Durante sus años de estancia en Montpellier comenzó además su carrera eclesiástica al recibir las órdenes menores.
Regresó a tierras de la Corona de Aragón y ocupó numerosos beneficios eclesiásticos -arcediano de Valencia, canónigo de Vich, de Tarragona y de Huesca, canónigo en Mallorca, etc., etc.-. Hasta que el 20 de diciembre de 1375, el pontífice Gregorio XI, accediendo al deseo de Pedro IV de Aragón, que buscaba recuperar influencia en la curia pontificia, nombra a Pedro de Luna cardenal, adscribiéndole a la basílica de Santa María en Cosmedín. Parte el nuevo cardenal a Aviñón, donde desde 1309 reside el papado y que Clemente VI había convertido en estado pontificio. Sin embargo, en enero de 1378, Gregorio XI decide el regreso a Roma. Poco después muere el Papa. Su sucesión iba a ser compleja y muy discutida. Los cardenales se vieron amenazados por el gentío que incluso llegó a entrar al lugar donde se producía la elección del nuevo Papa. El motivo es que querían un Papa italiano que devolviese el pontificado a la Ciudad Eterna. Salió elegido Urbano VI y los cardenales que no estaban de acuerdo con esta elección bajo coacción decidieron huir a Aviñón. Allí eligieron a un nuevo papa, Clemente VII, provocando el Cisma de Occidente tras la elección consecutiva de dos sumos pontífices. Urbano VI residirá en Roma y Clemente VII lo hará en Aviñón. La mayoría de la curia huyó de Roma para unirse a Clemente VII.
En la obediencia a éste último, el cardenal Luna desempeñó muy importantes legacías; primero en los reinos de la península Ibérica y luego en Francia, Inglaterra y Flandes, con el objetivo de conseguir la adhesión al papado de Aviñón. El éxito coronó su empresa en Castilla, Aragón y Navarra, aunque no en el resto de territorios. Por ello, tras la muerte de Urbano VI y la elección en Roma de Bonifacio IX, Pedro de Luna intentó la conciliación mediante la renuncia de ambos papas y el nombramiento de un nuevo. Ello le acarreó el distanciamiento de Clemente VII y su retirada a Reus. Tuvo que regresar al poco de haber llegado debido al fallecimiento del papa Clemente. El 22 de septiembre de 1394 todos los cardenales de Aviñón se concordaron por vía de escrutinio y eligieron al cardenal de Aragón como sumo pontífice, con el nombre de Benedicto XIII.
El nuevo Papa, que había firmado un compromiso para conseguir la unidad de la Iglesia, era sólo diacono. Por ello, fue rápidamente ordenado sacerdote el 3 de octubre de 1394 y consagrado obispo y coronado sumo pontífice en la catedral de Aviñón el día 11 de octubre. Casi inmediatamente se reúne una gran asamblea de eclesiásticos en París para examinar las vías de solución del Cisma una vez más. La decisión tomada es la de proponer la abdicación de ambos papas.
Francia será la principal impulsora de esta solución, a la que se unen Inglaterra y Castilla, mientras Aragón permanece obediente a Benedicto XIII, cuyas convicciones han ido cambiando y que ahora se aferra a la idea de haber recibido un especial poder de parte de Dios que debe defender. En torno al Papa Luna se va creando un claro vacío de opinión hasta que en julio de 1397 primero Castilla y luego Francia retiran su obediencia a Aviñón. Amenazados con la confiscación de bienes, 18 cardenales abandonan Aviñón. Quedaron sólo 6 cardenales fieles a Benedicto XIII.
Aviñón es cercado y sometido a duras penalidades y, finalmente, el Papa Luna consiente en licenciar a sus tropas y se compromete a permanecer en el castillo de Aviñón donde en realidad estará preso cuatro años hasta que es liberado. Entonces se produce una reacción a favor de Benedicto XIII y no sólo Aragón felicita al Papa, sino que Castilla e incluso Francia tornan a su obediencia.
Entretanto mejoraba la posición de Benedicto XIII, muere Bonifacio IX en 1403 y en Roma nombran un nuevo papa, Inocencio VII, que fallece en 1406. Su sucesor, Gregorio XII, parece estar más dispuesto a la conciliación. Aunque al final ni éste ni Benedicto XIII consiguen ni siquiera verse para llegar a un acuerdo. El abandono por parte de Francia de las filas de Aviñón provoca la celebración los concilios de Perpiñán y Pisa reunidos por cada una de las partes. El primero no apoya con decisión al Papa Luna y el segundo dicta sentencia contra ambos en 1409 declarando la sede pontificia vacante y nombrando a un nuevo papa: Alejandro V. Ahora el problema es tricéfalo debido a la existencia de tres Papas. Este fallece enseguida y le sucede Juan XXII. Pero Benedicto XIII se niega a reconocer al tercer papa.
La situación vuelve a estancarse mientras Pedro de Luna permanece en tierras de la Corona de Aragón. En 1410 muere sin sucesión Martín I de Aragón y Benedicto XIII va a ser pieza importante en la decisión de los compromisarios de Caspe que en 1412 nombran nuevo rey a Fernando de Antequera, proclive a la causa de Aviñón. El primer gesto de Fernando I fue ir a Tortosa a postrarse a los pies del Papa Luna que asistió a la ceremonia de coronación en La Seo de Zaragoza.
En 1413, el papa Juan XXII y el nuevo emperador Segismundo convienen en celebrar un Concilio General en Constanza, que se inicia el 1 de enero de 1415. El concilio consigue la renuncia de Juan XXII y de Gregorio XII, pero Benedicto XIII se niega a abdicar sino se cumplen una serie de condiciones que él basaba en el argumento de que él mismo era el único cardenal que quedaba con vida de los elegidos antes de que se produjese el Cisma y, por tanto, el único realmente legítimo. Se acuerda entonces en Constanza resolver el Cisma sin el concurso de Benedicto XIII, que se había refugiado en Peñíscola. Ni siquiera Fernando I de Aragón le apoyará. Por fin el concilio de Constanza resuelve sentencia contra él y el 26 de julio de 1417 le depone como papa.
Aislado en el castillo de Peñíscola permanecerá el Papa Luna fiel a sus convicciones y cada vez más solo, sin que ninguno de los intentos realizados -unos más aviesos que otros- por parte de los legados del nuevo Papa romano, Martín V, y de los príncipes cristianos abran mella en el ánimo del depuesto pontífice. Pedro de Luna muere creyéndose el legítimo ocupante del solio pontifical el 23 de noviembre de 1424. Su muerte, sin embargo, no se hizo pública hasta mucho después, cuando los cardenales que él había nombrado se hubieron repartido el tesoro pontificio. Su cadáver fue enterrado en un salón principal del castillo de Peñíscola, desde donde su sobrino Juan de Lanuza lo trasladó a la casa familiar de Illueca, donde permaneció hasta que debido a la invasión napoleónica los franceses tiraron su cuerpo al río recuperándose, solamente, su calavera.
Es un personaje injustamente olvidado, siendo el primer Papa de nuestra historia (en Aragón presumen de ello y dicen “El primer Papa aragonés de la historia”). Está declarado como Antipapa por la Iglesia Católica. En el Concilio de Constanza se le condenó diciendo:
 
“Luna es un perjuro, contumaz, hereje causa y alimento de un largo cisma,... perezca en la memoria quien turbó a la humanidad, sea indigno de sus cargos y títulos y sea excluido de la Iglesia como rama seca y podrida”.
 
Bien que se cumplió esa sentencia.
Era un erudito y se considera que su biblioteca era la más grande la época (superior incluso a la de reyes) con todo tipo de materias en ella.
Vivió hasta los 96 años, algo inaudito para la época, creyéndose Papa, de ahí la expresión ‘seguir en sus trece’, por Benedicto XIII, y después de sufrir varios intentos de asesinato. A su muerte ocurrieron más cosas relacionadas con Él… la última hace apenas cinco años, pero esto no es importante para su biografía. El protagonista absoluto es D. Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, el Papa Luna.
Ahora bien, la pregunta que puede ser motivo de debate: ¿era Papa legítimo?, ¿no lo era? Como he dicho al principio hace muchos años que lo descubrí, más de 15, he estado en el lugar donde nació, he visitado Aviñón y, por supuesto, Peñíscola. He leído sobre Él tanto desde el punto de vista histórico, como desde el punto de vista religioso y, a pesar de todo, no sabría definirme de una forma aseverativa en uno o en otro sentido. Eso lo dejo al libre criterio de cada cual. Cuando me han preguntado me he limitado a contar lo que sé y nunca me he posicionado. Siendo imparcial puedo entender razones a favor y en contra. En unos lugares he visto su escudo de armas con los atributos que corresponden a los Papas con la tiara, llaves de San Pedro, etc. (foto 4), en otros lo he visto solamente como cardenal y no reconocido como Papa (foto 5).
Lo que sí que creo es que fue tratado de manera muy injusta, no ya por sus contemporáneos, sino por aquellos que han relegado su nombre al olvido limitándose su recuerdo a un castillo en Peñíscola ¿Quién se acordaría de este personaje si no fuera por ese castillo? En unas líneas no se puede profundizar mucho en una biografía tan apasionante.
Me he limitado a contar los datos más generales de este digno ‘perdedor de la historia’. Animo a todos a que lo descubran. No defraudará.
Marino Baler
 
 
El Seis Doble no corrige los escritos que recibe. La reproducción de este texto es literal; fiel a las palabras, redacción, ortografía y sentido del autor/es.
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