Aequo animo | A menudo los hijos se nos parecen...

Domingo, 27 de septiembre de 2015 | e6d.es
• "A los incívicos hay que recordarles el inicio de una canción de Serrat"

Eran las 11 de la mañana. La vecina fulanita de tal ha salido de su casa con una bolsa negra de gran tamaño repleta, al parecer, de la basura doméstica generada en su hogar. A unos 20 metros, tenía un paso de peatones que le pareció lejano y estúpido, pues servirse de él para lo que está ideado supondría hacer un zigzag para dirigirse al contenedor de basura que tiene justo enfrente del portal de su vivienda. Mira a un lado y a otro, no venía nadie, cruzó y depositó la bolsa en el contenedor. Volvió a ignorar el paso de peatones para evitar la caminata y cruzó de nuevo la calzada para volver a su casa de una manera más directa. Sacó la llave, tiró el cigarrillo que se estaba fumando al suelo y entró en el portal dispuesta, imagino, a pasar un domingo encapotado y con cara de malos amigos en la paz de su hogar.
La escena que acabo de describir es real, una estampa urbana bastante cotidiana; aunque con una peculiaridad negativa que viene dada porque la vecina fulanita de tal es maestra, tiene a su cargo a una veintena, o más, de personitas a las que además de inyectarles conocimientos, está obligada a modelarlos de forma que fuera de las paredes de clase sepan llevar a cabo unas pautas mínimas de comportamiento social. Y, posiblemente lo haga, aunque se quede en un discurso inconexo con la práctica, ya que a las 11 de la mañana no debe echar la basura, según las ordenanzas municipales; debe utilizar los pasos de peatones como lógica de tránsito peatonal y no aumentar la 'población' de colillas urbanas. Un sistema que no tenga a los maestros como cimiento es igual a un pozo sin fondo. Me queda el consuelo de pensar que la vecina fulanita de tal es tan sólo un ejemplo aislado y no representativo del colectivo docente.
Los maestros y maestras, por el componente pedagógico que comporta su misión en la sociedad, los padres y las personas adultas en general, al igual que la mujer del César, además de ser honestos deben parecerlo. A los incívicos hay que recordarles el inicio de una canción de Serrat: "A menudo los hijos se nos parecen...".
Ramón Alfil
Fuente de la fotografía
La imagen junto al texto está libre de derechos

 
 



 
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